…y ¡3! ¡Arriba! Arrastro mi silla hacia atrás haciendo el suficiente ruido como para no oir esos pasos que se alejan sin molestar ni al viento, como un gato elegante y mañoso bailando un vals sobre una mesa llena de equilibristas de papel. Sólo un poco de suela delicada detallaba el género de aquella mirada que probablemente cayera rodando sobre las tablas de mi cuarto de manera natural, sin malicia. Probablemente la niña en la pantalla fuera el motivo de aquella especie de “canica puntual” comunmente conocida como “curiosidad a capella”.
Los pasillos están desangelados. Y sigue oliendo como a arcilla rara. Ya ha pasado la hora de la cena y el mareo del ferri me ha cerrado la boca del estómago. De camino al bar me asomo por una puerta grande. Una chica se acaba de cortar con la hoja de un libro. Me da un escalofrío. No soporto esa sensacion a cámara lenta del papel regocijándose en mis huellas dactilares, surcando impertinente mi identidad recién perturbada por la celulosa, poniendo tíldes de electricidad a mis terminaciones nerviosas, volviéndolas todas esdrújulas por unos segundos. Aunque por otro lado es como una venganza de los árboles milenarios talados en la selva, en el bosque, como una torta de la pachamama justo a tiempo que nos quiere hacer reflexionar.
Pensando en esto llego al bar. Aquí no huele a arcilla. Huele dulce. A dulce y a madera. ¿A caña y mango, como canta Chavela?. Inmediatamente mi cabeza empieza a canturrear esa estrofa bajito, apenas es aire modulado que desfila entre mis dientes. Se acerca una chica, un saco de energía arrojada. Catapluta seguridad, como si fuera un paso por delante de la razón. Habla mucho, como si ya me conociera, me da la bienvenida y se sorprende porque le pregunte qué clase de bebidas alcohólicas tienen sin alcohol en el Melancoisla. Le digo que es una historia muy larga, pero que prefiero seguir con los puntos suspensivos en mi cabeza antes que con las comas etílicas mal puestas. Se me queda mirando con cara de no entender muy bien lo que digo. Hay un silencio cómodo pero infructífero. Siempre me pasa. Sonrío comprendiendo perfectamente que a veces hablo raro hasta para mí misma. Le pido la cuenta. Abro la cartera para pagar.
- ¿Y esa monada, es tuya?
La sonrisa se me va apagando en lo que se tarda en dividir un segundo en 3 partes iguales, y se me queda suspendida en un gesto ambigüo.
- Pues… la verdad, no sé qué contestarte.
Eso se lo dije no con voz baja y tímida, sino con la mirada bien alta y expresiva. No se si me escuchó por dentro. El caso es que la cadencia posterior de mis pestañas hizo un barrido vertical al horizonte, lento, detallado: al fondo las botellas enredadas de luz sin tiempo; Luego una chica de pelo corto que miraba la nuca de la camarera; Después una barra sin vasos ni gente que sostenía sus caracolillos; Seguidamente el vacío, asomado indiferente a mi servilleta arrugada con algunos apuntes que tenía en el bolsillo de los vaqueros y que, sin saber por qué, estaba en el suelo, justo antes de llegar a esta mesa. Por fin, en plano detalle, mi cartera. Mis huellas dactilares impasibles, como campos arados dibujando surcos, con la sombra de canto al atardecer. Todo un travelling en plano subjetivo. Pagué.
Como un acto reflejo me levanté a por mi servilleta, aunque no sé muy bien qué hacía ahí, en el suelo, junto a la barra. Ahora la chica de pelo corto me miraba a mí a los ojos mientras sonreía levemente, en una mueca plácida y transparente. Creo que ella también habla con los ojos porque yo entendí un “Hola, bienvenida“. Me agaché a por la servilleta y al levantarme le contesté sin hablar con cara de “Qué tal? Vaya, se agradece que te hablen de vez en cuando con los ojos ¿eh?“.
Volví a mi sitio canturreando Chavela de manera imperceptible para el mundo. Me pregunto si la camarera muda hablará castellano o será de fuera…