Hoy hablo con Corso que lee a la luz de una lámpara en el sillón orejero, las piernas cruzadas. Parecemos dos perchas vacías en el hotel blanco, en la falda de una colina junto al mar. Este lugar flota sobre un universo de secretos. El azul besa el oscuro pliegue de cada uno de los acantilados. La noche se derrama en cada gota de lluvia. La luna es un pálido pez que flota entre las nubes. Atrapados de una escuálida red que las olas llevan y traen, están los sueños de sus huéspedes, colgados en gigantescos anzuelos como señuelos a la deriva. Es ahora cuando puedo percibir lo lejos del mundo que podemos llegar a estar. Las palabras llegan a la costa como sobrevivientes de un naufragio.

- ¿Por qué viniste aquí? - le pregunto.

- Dejé de reconocerme en todo lo que hacía – me contesta tras pensarlo un momento. -¿y tú? - me suelta.

Siento que soy una tonta niña perdida en un bosque de algas, una sirenita varada en la espuma de una ola.

- Durante algún tiempo viví pegada a la manera de entender y mirar el mundo de otra persona. Pero cuando los adultos se aplican, superan siempre un nuevo umbral de crueldad –le explico.

- El tiempo es la hoguera y el manantial de donde todo brota. Tú alumbras con tu propia llama la maqueta de plástico de un estadio. Debería quererte porque la noche te dibuja distinta - me atrae hacia él, me abraza con sus brazos de espuma y con su voz suave conjura la naciente congoja que sube por mi pecho como una marea ácida y hedionda.

- Esa es la línea que separa el mundo en el que vives y el mundo en el que sueñas – me susurra al oído.

Algo mágico ocurre y luego desaparece para siempre.

Las estrellas en el firmamento son el producto de todas las miradas que atropellamos con nuestra indiferencia. Somos todo lo fugaces que se puede por venir a menos y venirse abajo.

…y ¡3! ¡Arriba! Arrastro mi silla hacia atrás haciendo el suficiente ruido como para no oir esos pasos que se alejan sin molestar ni al viento, como un gato elegante y mañoso bailando un vals sobre una mesa llena de equilibristas de papel. Sólo un poco de suela delicada detallaba el género de aquella mirada que probablemente cayera rodando sobre las tablas de mi cuarto de manera natural, sin malicia. Probablemente la niña en la pantalla fuera el motivo de aquella especie de “canica puntual” comunmente conocida como “curiosidad a capella”.
Los pasillos están desangelados. Y sigue oliendo como a arcilla rara. Ya ha pasado la hora de la cena y el mareo del ferri me ha cerrado la boca del estómago. De camino al bar me asomo por una puerta grande. Una chica se acaba de cortar con la hoja de un libro. Me da un escalofrío. No soporto esa sensacion a cámara lenta del papel regocijándose en mis huellas dactilares, surcando impertinente mi identidad recién perturbada por la celulosa, poniendo tíldes de electricidad a mis terminaciones nerviosas, volviéndolas todas esdrújulas por unos segundos. Aunque por otro lado es como una venganza de los árboles milenarios talados en la selva, en el bosque, como una torta de la pachamama justo a tiempo que nos quiere hacer reflexionar.
Pensando en esto llego al bar. Aquí no huele a arcilla. Huele dulce. A dulce y a madera. ¿A caña y mango, como canta Chavela?. Inmediatamente mi cabeza empieza a canturrear esa estrofa bajito, apenas es aire modulado que desfila entre mis dientes. Se acerca una chica, un saco de energía arrojada. Catapluta seguridad, como si fuera un paso por delante de la razón. Habla mucho, como si ya me conociera, me da la bienvenida y se sorprende porque le pregunte qué clase de bebidas alcohólicas tienen sin alcohol en el Melancoisla. Le digo que es una historia muy larga, pero que prefiero seguir con los puntos suspensivos en mi cabeza antes que con las comas etílicas mal puestas. Se me queda mirando con cara de no entender muy bien lo que digo. Hay un silencio cómodo pero infructífero. Siempre me pasa. Sonrío comprendiendo perfectamente que a veces hablo raro hasta para mí misma. Le pido la cuenta. Abro la cartera para pagar.

- ¿Y esa monada, es tuya?

La sonrisa se me va apagando en lo que se tarda en dividir un segundo en 3 partes iguales, y se me queda suspendida en un gesto ambigüo.

- Pues… la verdad, no sé qué contestarte.

Eso se lo dije no con voz baja y tímida, sino con la mirada bien alta y expresiva. No se si me escuchó por dentro. El caso es que la cadencia posterior de mis pestañas hizo un barrido vertical al horizonte, lento, detallado: al fondo las botellas enredadas de luz sin tiempo; Luego una chica de pelo corto que miraba la nuca de la camarera; Después una barra sin vasos ni gente que sostenía sus caracolillos; Seguidamente el vacío, asomado indiferente a mi servilleta arrugada con algunos apuntes que tenía en el bolsillo de los vaqueros y que, sin saber por qué, estaba en el suelo, justo antes de llegar a esta mesa. Por fin, en plano detalle, mi cartera. Mis huellas dactilares impasibles, como campos arados dibujando surcos, con la sombra de canto al atardecer. Todo un travelling en plano subjetivo. Pagué.

Como un acto reflejo me levanté a por mi servilleta, aunque no sé muy bien qué hacía ahí, en el suelo, junto a la barra. Ahora la chica de pelo corto me miraba a mí a los ojos mientras sonreía levemente, en una mueca plácida y transparente. Creo que ella también habla con los ojos porque yo entendí un “Hola, bienvenida“. Me agaché a por la servilleta y al levantarme le contesté sin hablar con cara de “Qué tal? Vaya, se agradece que te hablen de vez en cuando con los ojos ¿eh?“.

Volví a mi sitio canturreando Chavela de manera imperceptible para el mundo. Me pregunto si la camarera muda hablará castellano o será de fuera…

Las nubes parecen hechas de plomo. Las estrellas, perdidas en el firmamento. El agua desborda la corriente del arroyo cercano, la lluvia revienta las alcantarillas. Pacientemente el infinito arrastra hasta la orilla un bosque de inútiles algas. En algunas ocasiones, el lenguaje es un adorno innecesario. El entorno habla por nosotros. En estas horas en las que la nada sucede, lo imposible se transforma en real.

Todos los besos recibidos
¿sabías
que duraban,
que mordiendo la boca
su sabor volvía?
Y que debe haber sangre
que no se seque?
Tú me diste la mano
para beber de esa sangre.
Nunca te lo había dicho
pero somos
inmortales.
¿Has pensado alguna vez
que nada
termine?

Anoche mientras leía “La mecánica del corazón” me corté con una hoja-cuchilla del libro en un dedo. Fue un instante de frío, no de dolor. Noté el bombeo de mi corazón en la punta del dedo, como si el centro de gravedad de mi organismo hubiera emigrado a la periferia de mi propio yo. Mi dedo era la Vía Lactea perdida en un extremo de la Galaxia de mi cuerpo. Miré la gota de sangre caliente que brotó casi al instante; caliente, roja, dulzona. Mis manos huelen a los ajos recién plantados en el huerto de atrás. No sé porqué me acordé del Drácula de Bram Stoker…

Sangre. Puedo olerla. Ah, ah, ah, una miserable gotita en el dedo de Anais y mira cómo me tiene, jadeando. Allá voy, no puedo más. Pero qué… Elena, suéltame, joder, me duele, me vas a arrancar el pelo. No puedo moverme, tu muslo me va a cortar la circulación del brazo. Pero qué digo, mi sangre ya no cuenta, sólo la de los demás. Te has hecho daño, pequeña, me has hecho daño. Estoy temblando. Me estoy mareando. Voy a girar el cuello. Necesito mirarte, Elena, me va a doler. ¿Qué?! ¿Me dejas? ¿Me sueltas? No te vayas, por favor, Elena, no te levantes. El clac clac de tus botas. Anda, sí, corre, ve a por ella, acércate a Anais, mueve bien el culo. ¿Crees que no me he dado cuenta? Deseas su sangre a mis espaldas. Mírate, frente a ella, llevándote su dedo a los labios. ¿Te atreves a mirarme? ¿Estás invitándome? No creas que  voy a quedarme aquí sin hacer nada, fui yo quién la olió primero…

Fue ayer después de la cena, cuando se habían reunido algunos en el salón de té para leer, ver la televisión o simplemente pasar el rato hasta sentir la llamada de Morfeo.

Anais era una de las que leía devorada por el libro, sin ser capaz de percibir nada más a su alrededor, como si ella misma no estuviera allí sino mucho más lejos, entre las páginas de su novela.

Se cortó con una de las hojas, esas cosas pasan, e hizo un gesto de impaciencia subiendo la comisura de sus labios mientras se llevaba el dedo a la boca… A cámara lenta. Puedo jurar que el tiempo se detuvo en ese instante. Clara, sentada en un sillón frente a la chimenea abrió mucho los ojos y los cerró de pronto, alzando la nariz, que era el sentido que verdaderamente la dominaba. Pude ver cómo se levantaba de la silla, su cara paralizada por mucho más que el Ansia.

Y entonces, de la nada, apareció Elena detrás de ella. Dulce y severamente (es eso posible?) alzó su mano colocandola en la nuca de Clara y enredó sus cabellos en la mano, sin dejarla avanzar. La condujo hasta el sillón hasta que Clara quedó de nuevo sentada y Elena se colocó en el brazo del sillón, poniendo parte de su cuerpo encima de Clara.

- Te has hecho daño, pequeña? – Susurró Elena con una voz que hasta a mí me erizó la espina dorsal.

Anais dirigió su mirada a algo que no era el libro por primera vez y sonrió inocentemente. – Qué va! Sólo es un pequeño corte sin importancia.

Sí, sí, sin importancia…

Casualmente me han vuelto a dar la 212. Pero aquí ya no huele igual. Se me cuela en los pulmones un puñado de tierra profunda, húmeda y oscura, viva en sí misma. Ya no flota ese aire de septiembre, salado, ingrávido y fácil. Huele a casi 4 meses más y a arcilla blanda latiente. Sin embargo casi todas las caras me suenan. Eso me da un poco de vergüenza. Volver después de tantos meses, cuando ir a casa a por el cable de mi cámara de video sólo era un coma en este relato de vida y no un punto y aparte.

Vergüenza, inconstancia, cobardía, espantada. Son este tipo de ideas que te hacen sentir insegura por dentro pero que nadie atisba desde fuera. ¿Alguien sabe acaso qué hacía yo aquí o mis motivos para no volver hasta hoy? Es otro ejemplo más de la insignificancia social, tan significante para el propio individuo. Me apunto esta frase en la servilleta que metí en mis vaqueros, hecha un gruño, en el ferri hace unas horas. Seguro que la pierdo, como siempre.

Ahora ya está todo, por fuera, sobre la cama. No falta ningún cable de ninguna cámara. Por dentro… eso ya es otra historia.

Enciendo el portátil para hablar con mi pequeña. Antes le costaba mucho estarse quieta delante de la webcam. Ahora se puede pasar minutos y minutos con el ojo guiñado frente a ella, intentando buscarme dentro de ese minúsculo objetivo encima de la pantalla. Hoy lleva 2 coletas y 2 huecos simétricos en la dentadura. Apunto en la otra cara de la servilleta 2 cosas: comprar un blog de notas sin cuadrículas ni líneas, y que con 5 años la significancia social es insignificante para el propio individuo, lo cual les otorga a los niños un poder muy superior a su tamaño. Y al nuestro.

Dejé la puerta entrecerrada y creo que alguien está mirando a la niña en la pantalla desde el quicio. No se va, pero no hace ruido. No quiero molestar así que no voy a girarme… pero algo me incomoda y sutilmente me despido de la pequeña. Apago la webcam. Al estirarme y suspirar, dejo bien claro que voy a levantarme a la de 1, a la de 2 y a la de…

¿Hora en mi muñeca? 01:22

¿Hora en la biblioteca dentro de la niebla oscura? 05:23

Estaba sucediendo de nuevo. Otra vez la disparidad en el tiempo y la sincronicidad en el mundo (Goleman y Murakami), como si el tiempo estuviera salido del mundo. Tenía que poner atención en las repeticiones porque “sólo mediante la reiteración de un acto -escribió Murakami- es posible corregir la tendencia a la distribución desigual“. En mis manos tenía El fin del mundo… Y, de Goleman, allá, del otro lado, por la tarde, recién había leído lo siguiente: “La destreza -una de las metas esenciales de la infancia- se adquiere mediante las acciones repetidas una y otra vez“.

El hotel es un hormiguero en el que se siguen rastros invisibles, insospechados objetivos, impredecibles caminos que son como un nudo. Y yo he sido durante toda mi vida un cubo lleno de imposibles que se sostiene, dando bandazos, sobre la boca de un oscuro pozo. La soledad es una riada que lo borra todo y la piel una armadura que protege la intimidad. Un puente entre el ruido exterior de cansinas celebraciones y el silencio que me abraza y me arropa, la vieja y cálida manta de la rutina ahora que lo festivo pasó.

Cultivo con paciencia a la luz de ese rayo de sol que continua filtrándose milagrosamente por entre los sombríos nubarrones.

“Cae la lluvia
Y el amor se acomoda
Bajo el paraguas”

Echo de menos besar y ser besada. El amor es un tortuoso sendero en el que es fácil entrar pero del que resulta imposible salir.

Una silla. En el medio de todo, un hombre sentado en una silla. Su posición es conveniente: el observador. El foco se mantiene. Trata de no caer. Mira cómo se ha caído la manzana del árbol, un pájaro muerto por el frío; el árbol que ha partido un rayo. ¿Y él? Trata de no caer. Su posición es conveniente, pero no es la más correcta y trata de no caer; caer de espalda, por ejemplo; de bruces, de costado; caer en gracia o por su propio peso; caer enamorado, en desgracia, como anillo al dedo; caer en el juego y por último en olvido; caer en cuenta de ser yo quien trata, pues, de no caer.

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