
No fue un espejismo. Toda la isla palideció: el suave manto de hielo y nieve cubrió los campos, los tractores, las playas, las hamacas, las carreteras, las señales de tráfico, los semáforos, los tejados de las casas, los sillines de las motos, los cascos que los motoristas dejan atados a las motos, el capó de los coches, las aceras, las cloacas, los columpios, los bancos de los parques, las copas de los árboles, los toldos, las mesas de las terrazas, las sillas de los balcones y las vías del tren, si las hubiera. Pero no era el caso. El caso es que la isla era un enorme helado de sabores.
- Clara, ¿qué dientes te duelen? Señálamelos con la lengua -dijo el dentista.
Maldita Elena Trueno. Tras la pasión, me cegó el blanco abismal de la nieve, blanco desierto y sin marcas a las que agarrarse, sin apenas huellas, con todo enterrado bajo sí. Salí de la habitación y el camino marcado por un hilo de color rojo me llevó hasta las escaleras que bajan a la playa, donde estaba Corso con Anais en sus brazos. Me pareció ver a Martina en el pasillo, frente a la habitación de Zoe, llorando.
- Clara, ya puedes cerrar la boca. No veo nada, tienes unadentadura perfecta.
El dentista no encontró nada.
Los colmillos me rasgan los labios por las noches, es como si crecieran con la marea. Aún no le he explicado a nadie lo que me pasa.
Tras una semana de fiebre, todos creen que estoy pasando la gripe.