Mi habitación tiene la terraza encarada a levante. Y esta noche he dormido con la ventana abierta y sin echar las cortinas. Me dormí con el sonido de las olas que rompen al fondo del acantilado. Y me he despertado con las primeras luces del día. Había quedado con Iván. Nos íbamos a desayunar al chiringuito de un amigo suyo, situado en una cala escondida de esta Costa Atormentada, que también tiene un bar en el pueblo que llevan sus padres. El chiringuito parece un personaje más de la cala: el amigo de Iván se pasa el día sentado en una silla, leyendo. La gente que se acerca a buscar un refresco, o una bolsa de patatas, pasa detrás de la barra, abre la nevera y lo coge. Y paga. Y si las existencias bajan, avisan y el amigo de Iván se da por avisado. Nunca ha descuadrado la caja. Y nunca ha faltado nada de lo que han avisado los clientes-camareros. Sólo se levanta a preparar cafés, porque la cafetera sólo la toca él.
Iván me ha enseñado las siete canciones que lleva escritas. Me ha pedido que traduzca dos de ellas al inglés, para enviarlas a una discográfica sueca que ha contactado con su banda.
Después de desayunar, nos hemos tumbado al sol. Hemos leído, hemos charlado, nos hemos reído. Luego nos hemos tumbado a la sombra hasta la hora de comer. Nos hemos ido al bar de los padres de su amigo, a comer. Y luego me ha llevado a dar una vuelta por la isla hasta otra cala, donde hemos pasado la tarde. Me ha dicho que me quedara a cenar en su casa, que improvisaría con lo que hubiera en la nevera. Durante la cena he viajado por medio mundo, escuchando las anécdotas de sus viajes. Y hemos salido al jardín, a tumbarnos en las tumbonas, a mirar el cielo de noche, y a tomarnos unas cervezas. Las cosas que nos contábamos nos hacían reir con las risas más ligeras del día. Temí por un momento que, si seguía bebiendo, la ingravidez en la que parecía sumirme haría que la menor brisa se me llevara flotando. Se lo dije a Iván y me respondió que a su inspiración le debió suceder algo parecido y que le escondería el alcohol y hablaría muy seriamente con ella. Me hizo reir otra vez. Sentí lo que he sentido muy pocas veces: que encajaba en ese momento y en ese lugar. Como la incógnita que resuelve una ecuación.