Lo introduzco en la ranura. Espero a que el ordenador lo detecte. Clic. Un archivo de texto. Al empezar a leerlo, la sorpresa. Aunque qué otra cosa podría contener, qué más podría ser digno de guardarse y conservarse en un pequeño dispositivo del tiempo. De modo que la sorpresa no sobreviene tanto por la propia naturaleza del mensaje escrito sino porque ésta es mucho más maravillosa de lo que me podía haber imaginado desde que encontré el disco y elucubré con su contenido. Es una lista minuciosa, perfectamente lógica, una labor escrupulosa y esmerada. Un lenguaje recién inventado que, por supuesto, voy a dedicarme a estudiar desde ahora. Un idioma que seguramente hablaron los primeros niños para convencer a niñas blancas de que debían seguirles si querían aprender a esconderse:

Tunk (yo espero)
Tunka (él espera)
Tunke (ella espera)
Aga tunk (yo esperé)
Das tunke (ella esperará)

Y así, una por una, todas las partículas que indican tiempo, persona y número. Las partículas esenciales. El último refugio cálido antes de olvidar las palabras y convertirnos de nuevo en sabios prehistóricos.
Clara tiene que saber algo de esto.