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Esta mañana, al explicarle a Clara el hallazgo de la cartera de Jesús Sarrade, he observado que todos se callaban y cruzaban miradas en silencio. No entendía nada pero me ha parecido que allí pasaba algo oscuro. He buscado en Internet más datos porque Clara se ha guardado la cartera sin darme demasiadas explicaciones. Por lo visto, hace meses aquí murió de una forma bastante violenta un farero, el propietario de la cartera que encontré.

A veces me da la impresión que este hotel guarda algo oscuro, como un humo imperceptible que se me enreda en el pelo y penetra por las mangas de la ropa.

Tengo mucho miedo. Apenas me restan seis meses de vida y no soy capaz de buscar a L.V.

Me siento bien, me siento viva, me siento casi en paz conmigo y con el mundo. Fue estupendo recorrer la isla en moto, sé que no debería haber conducido con los auriculares puestos y la música a todo volumen pero no pude resistirme. Al fin y al cabo, ¿quién podría multarme aquí? Esa canción me enloquece.

Esta mañana he desayunado en la barra del comedor, me daba algo de corte sentarme en una mesa porque no había nadie. La chica del pelo corto se llama Martina y me ha dado conversación. Al principio, pensaba que lo hacía sólo para ser cortés pero luego me ha parecido que le he caído bien. Está bien tener algún amigo en este lugar. No sé cuánto tiempo voy a necesitar quedarme. Supongo que hasta que me duela menos L.V.

O lo que es lo mismo, hasta que deje de levantarme por la mañana con su olor entre las sábanas. ¿Por qué en todas las camas del mundo sigo oliendo su perfume?

No le he dicho a nadie que ayer, en mi excursión motera, hallé una cartera sin dinero que sólo contenía una foto de una niña en blanco y negro, un documento de identidad, (de un tal Jesús Sarrade) y un calendario de bolsillo con la fotografía de un faro idéntico al de la isla. Lo más impresionante es que la cartera está manchada de sangre, huellas de dedos ensangrentados para ser más preciso.

Creo que esta noche se lo comentaré a Clara.

Anoche me quedé dormida mirando la fotografía de mi tía Lisa. Creo que es una de las pocas personas que me han comprendido y que han sabido respetar mis decisiones. La echo tanto de menos…

Ha sido una buena idea el quedarme a hacer noche en este hotel, no parece demasiado concurrido y huele muy bien. Eso es algo que me tranquiliza y me impregna de calma. El olor. Es como si todo estuviera recién hecho: el pan, las sábanas, los jaboncillos del baño…incluso el sol que entra por la ventana a las 7:42 horas.

La chica que lleva el hotel parece amable, la he notado algo inquieta pero no he querido preguntarle si le pasaba algo porque me ha dado la impresión de que tenía demasiados asuntos pendientes en su negocio. Se ha portado muy bien conmigo ya que no me ha pedido demasiadas explicaciones y me ha ofrecido un buen lugar donde guardar la Ducati.

Luego se ha puesto a llover de repente -el otoño es así- y me he quedado plantada sin saber qué hacer mientras la lluvia me resbalaba por la ropa. Clara había ido dentro porque la reclamaban y yo me habría quedado allí absorta si no hubiera sido porque ella ha regresado con un paraguas. Mi primer impulso ha sido correr a refugiarme con ella. Después he mirado las varillas y he sentido una punzada de melancolía al pensar en mi padre. Como imaginaba, el paraguas de Clara también proviene de la factoría de B.C. No he podido evitar que se me escapara un suspiro y un “discúlpame”. Espero que no me haya tomado por una sensiblona.

Hemos entrado en el hotel y me ha enseñado el comedor. Es rústico y sobrio pero muy acogedor. Hay una camarera con el pelo corto que me ha sonreído, como si yo llevara todo el tiempo del mundo aquí. De fondo sonaba un estándard de jazz que no he sabido reconocer, parecía música en directo de piano pero no estoy segura de ello.

Es extraño. Pero sí, es como si llevara todos los segundos posibles –y los imposibles- en este lugar.

No quiero pensar más. Esta tarde sacaré la moto e iré a recorrer una parte de la isla que ayer me dejó intrigada.

Tu hermano se va a matar con la moto, me decían.

Y, contra todo pronóstico, a mi hermano no se lo llevó la moto sino un mal navajazo.

Aquel día no entré en la iglesia. No abracé a mi madre. No me vestí de negro. Me tomé un café solo y huí en la Ducati de mi hermano. Yo, que jamás había conducido una moto, me aferré a ella como si fuera un salvavidas. Hasta que agoté el depósito y tuve que fingir desenvoltura reponiendo combustible en la primera gasolinera.

Amé su color rojo por encima de compromisos y estabilidades. Mi hermano se había marchado y yo me sentía como un ladrón sin guarida en la que ocultarse. No comprendía el mundo, lo único que me quedaba era una moto, una foto de mi tía Lisa, dinero para pasar un par de meses y muchas preguntas revolviéndose en mi cabeza. Y unas iniciales que no podía olvidar: L.V.

Mi hermano no se mató con la moto así que yo presentí que estaría a salvo sólo si no me separaba de ella. Sería mi salvoconducto hacia otro lugar, lejos de miradas turbias y envidiosas. Las mismas miradas que no habían comprendido que yo no quisiera continuar con el negocio de mi padre, ¿tanto les costaba meterse en mi piel?

Mi padre poseía una pequeña empresa dedicada a la fabricación de varillas de paraguas; de hecho, tenía el monopolio ya que no me consta que existiera otra empresa que fabricara aquellos mecanismos. Aún hoy, cada vez que abro un paraguas, no resisto la tentación de echar un ojo al interior buscando sus iniciales B.C.: Bruno Cardini. Es en vano. La empresa cerró a su muerte y en el pueblo no pudieron soportar que ni mi hermano ni yo no nos hiciéramos cargo del negocio.

Dedicarse a luchar contra la lluvia nunca me pareció una empresa demasiado próspera.

La primera noche que pasé fuera de casa recuerdo que soñé que una lluvia torrencial caía sobre el pueblo y que no existía ni un solo paraguas. Los habitantes corrían despavoridos y lloraban sin saber dónde guarecerse. Creo que es el único sueño que recuerdo de todos los que he tenido a lo largo de mi existencia.

Y ahora he llegado a la isla como una exhalación. Me he pasado toda la mañana recorriéndola, familiarizándome con sus caminos de tierra, con la vegetación, con sus olores. Todo es nuevo pero extrañamente familiar. Un impulso dentro del cuerpo me obliga a quedarme en este lugar, lo noto.

Toda mi vida ha consistido en ascender sin perder ni un segundo, sin detenerme a valorar lo realmente importante. Tal vez haya llegado el momento de descender sin cuestionarme nada más.

Ahora debo pensar dónde pasar la primera noche.

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