You are currently browsing Corso Bellamy’s articles.
Tenía que vérmelas conmigo. Pararme frente a todos, aquí, era vérmelas conmigo; despersonalizarme de esta manera: nahuamente, verdemente, porque el agua amarga tiene que ser verde y caliente el corazón de la isla que llevamos todos dentro.
“¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde…?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.”
Corso dice: Cómo nos ha crecido el mar adentro…
Anais dice: … aquí nuestras miradas sólo reflejan arena
Corso dice: “Tanto creo en ti, tanto creo en ti / que mis pensamientos / veo en el futuro un jardín florecer / flores aparecer“
Anais dice: ¿?
Corso dice: Una canción
Anais dice: quiero dos: la tuya, la mía y que todos bailen!
12:12 p.m. / PLAY / Nos hemos mirado a los ojos. Nos hemos tocado la sonrisa y las lágrimas. Hemos hecho lo que hemos podido, que no es ni más ni menos de lo que han hecho los demás por nosotros. Yo había venido aquí buscando algo sin saber…
- ¿Las nubes se están alejando?
Una noche más. Otro avance… La mar oscura para hoy me depara un pasillo tras dejar el borde de la isla. “LA FAENA” dice, en letras rojas. Ese letrero custodia el umbral que atraviezo y todo parece tan sepia que me ubico, perfectamente, hace 40 años; como si hubiese estado vivo hace 40 años… Como si fuese normal avanzo hacia mi reflejo que, a su vez, avanza hacia mí a través del espejo que se encuentra al fondo del pasillo. Llegamos uno frente al otro, y es el otro quien habla primero:
- El cielo se está limpiando. Las nubes van hacia Tulancingo -y señala el lugar de donde vengo. Luego viramos a mi derecha (izquierda para él), y me acompaña hasta el borde del espejo que hace esquina con otra puerta. Supongo que, entonces, me alejo de la tormenta desde aquí, en el medio de la oscuridad. ¡Vaya paradoja!
“La faena”, susurro, y ante mí hay un salón alto, con cuatro columnas al centro. De ellas cuelgan aparadores con polvorosos trajes de luces. Todo ha visto su mejor época hace mucho tiempo; incluso el mesero: un hombre alto, flaco y canoso, sin dientes. “Pura Corona”, me dice. “Pues una Corona”, le digo.
Las mesas son de plástico. Las sillas son de plástico. En los lienzos, motivos taurinos. En un mosaico: “Desprecio con aguardiente / Desprecio que no se siente”. ¿Qué hago yo en este lugar?
¿Hora en la biblioteca dentro de la niebla oscura? 05:23
Estaba sucediendo de nuevo. Otra vez la disparidad en el tiempo y la sincronicidad en el mundo (Goleman y Murakami), como si el tiempo estuviera salido del mundo. Tenía que poner atención en las repeticiones porque “sólo mediante la reiteración de un acto -escribió Murakami- es posible corregir la tendencia a la distribución desigual“. En mis manos tenía El fin del mundo… Y, de Goleman, allá, del otro lado, por la tarde, recién había leído lo siguiente: “La destreza -una de las metas esenciales de la infancia- se adquiere mediante las acciones repetidas una y otra vez“.
Una silla. En el medio de todo, un hombre sentado en una silla. Su posición es conveniente: el observador. El foco se mantiene. Trata de no caer. Mira cómo se ha caído la manzana del árbol, un pájaro muerto por el frío; el árbol que ha partido un rayo. ¿Y él? Trata de no caer. Su posición es conveniente, pero no es la más correcta y trata de no caer; caer de espalda, por ejemplo; de bruces, de costado; caer en gracia o por su propio peso; caer enamorado, en desgracia, como anillo al dedo; caer en el juego y por último en olvido; caer en cuenta de ser yo quien trata, pues, de no caer.
