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Anoche soñé que volvía al Melancoisla. Me encontraba ante la puerta pero no podía entrar, un viejo letrero donde decía “Habitaciones libres, pase sin avisar” colgaba caído, solamente sostenido por una ventosa sobre la suciedad acumulada por los años del cristal. Entonces, como todos los que sueñan, atravesé la puerta llevado como un fantasma leve y ligero para pulsar con un dedo de pluma el timbre de recepción. Un sonido seco pareció partir en dos el aire que no respiraba. No vendría nadie a recibirme porque hace tiempo que se han olvidado los nombres de quienes han habitado, y como empujado por una fuerza mayor, subí las escaleras sabiendo que nadie más me seguiría.
Ya no quedaba esa sensación fantasmagórica que parecía vigilarnos a todos, las habitaciones estaban vacías como se quedan vacíos los sueños cuando despiertas. Recorrí los pasillos y las plantas, abrí todas las puertas, una a una, buscando en todas las habitaciones algún rastro que pudiera recordarme los días en los que estuve aquí, las noches en las que se desconchaba el papel pintado de la pared y escribía sobre ti como si aún no te hubieras marchado, o como si aún me negara a mí mismo la idea de que ya no estabas y fui a una isla a olvidarme de ti.
Y al final del pasillo una ventana medio abierta, una brisa nocturna que parecía silbar despacio como la luz de una linterna encima del faro muerto. Me acerqué pensando que aún la naturaleza tenía algo suyo y la pobre memoria que me había atado a este lugar ya apenas existía.
Abrí la ventana para que todo entrara, sin embargo todo estaba en calma cuando algo invisible cruzó los pasillos del Melancoisla, un aire cercano que me devolvía a los cálidos días de junio, a un paseo accidentado por las rocas en los alrededores de un hotel recién construido, a una llegada que se remonta a los días en los que nunca existí, a mil novecientos cuarenta.
Cuando era joven, más que de lo que soy ahora. Cuando no me preocupaba más que una tarde de abril mojándome contigo en el parque bajo la lluvia. Cuando te besaba y tu boca no me sabía a sal, yo tenía otro nombre, era otra clase de hombre.
- Sólo quiero un lugar donde estar –dijiste-.
Entonces éramos fuertes y pensábamos que éramos débiles. Demasiado jóvenes. Hacíamos cosas sin sentido sólo porque nos parecían grandes como la escena de una película: un par de atardeceres en las colinas desde donde se veía la ciudad, la cazadora de cuero de Maverick que tanto me gustaba antes de quitártela, tu primera moto: no me anudaba a ti cuando me perdías en pueblos: me enredaba.
- Estoy perdido –te respondo-. No sé quién soy: quiero ser escritor, hacer películas. A veces sueño con música, y tengo la sospecha de que incluso contigo me convertiré en una promesa que nunca será. Nunca terminé lo que quise hacer: la universidad, una novela, un cortometraje que se extiende con distintos guiones, tú, que no sé en qué lugar te quedaste.
- Estoy en otro lugar, distinto de este. ¿No lo somos siempre? Distintos, digo, aunque no nos gusta decirlo, ni saberlo. Y lo que mejor se te da es escribir sobre mujeres, algunas cosas tuyas me han conmovido. Te he seguido, a veces dolorosamente. Eres hiriente, tienes esa clase de sensibilidad que hiere, y que es dulce a la vez. Tocas muy bien ese piano, viejo amor.
Te beso y te pierdo, te desnudo y te veo vestido diciéndome adiós, dejando un par de cosas en mi casa que aún no he tirado y que ya ni me recuerdan a ti.
Me pregunto cuando vine realmente a esta isla, porque puede que lo hiciera mucho tiempo antes de coger una habitación. Aquí no somos ni siquiera náufragos. No llegamos por casualidad. Huimos de las mismas cosas, deseamos las mismas historias imposibles. Hay quien brinca y dice el nombre de su anhelo creyendo que hay una vaga esperanza en que alguien se acuerde de su nombre. Hay quien sabiéndose anhelada piensa en otro, y está lejos como el invierno de un verano. Las manos se olvidan tras las puertas y hay bocas con sabor a menta.
Si se pudiera abrir un pensamiento como se abre una nuez, todos acabaríamos convertidos en una corteza que debe buscar sus añicos ocultos en la arena de esta playa: pequeños detalles por ahí esparcidos, eso es lo que se diría.
- Parece que llega la primavera –me dice la camarera del hotel-. Quizá deba darse un paseo. La playa en esta época del año tiene el agua más azul de todas las aguas.
- ¿Agua más azul?
- Puede apostarlo, César: aguas azules como el cielo de un desierto.
Cuando era joven, y todo era azul, tu camisa caía como las rocas bajo la isla, como el alcohol garganta adentro. Éramos mares más profundos que estos. Eso era cuando éramos jóvenes, más que ahora.
De pie en la barra, veo a gente ya no tan joven, perdidos y perdedores, buscando algo en el aire como si fuera sólido y pudiera comerse, como si fuera líquido y pudiera emborracharte. Las canciones son de amor, y son un juego que nos acaba convirtiendo en perdedores. Aún así, nos sentamos a barajar las cartas y apostar mientras respiramos, mientras hablo de mujeres como en un poema de Bob Dylan, cuando pienso en ti y la vida pasa en la barra de un bar de una isla de no se sabe qué mar.
Doy vueltas en la cama porque escucho a alguien, la voz de una mujer a quien no conozco, recitar uno de esos poemas que te leía en voz alta. Te desatas y me desato. Afuera está lloviendo y se levanta la noche con sábanas blancas colgando del cielo.
Te beso aún más despacio que una canción de otoño. Te tumbo y te desnudo. Huelo a ti y a un cigarrillo que prometiste no volver a fumar jamás. Me callo guardando tu secreto y busco tu cuello. Abro mi boca y mi lengua es una pequeña alfombra roja que se extiende donde se pierde tu nuca. Tus manos se abren en mi espalda como dos abanicos, sobre la camiseta, hurgando piel de algodón que destiñe al primer lavado, mientras mi boca que busca tu boca cubre la cintura de tu barbilla. Allí me detengo, largo tiempo. Sobre tu barbilla que rasca como dulce lija hay una lengua que ondea como banderas ante un viento lento, y mis manos que juegan con tu espalda arquean mi espalda y frente a mi pecho toco tu pecho. Tus manos se entreabren y dentro de mí hay aguijones, y nos sabemos ansiosos. Rompemos el silencio en una habitación distinta a esta. No estoy solo, no tan solo: estoy contigo y te devoro la ropa que te he quitado y me enveneno de todas las cosas que aún no hemos hecho. Mi saliva se queda en el vello de tu pecho como rocío de la tarde que cierra los ojos y baja mi aliento entre tus piernas.
- Cómeme el alma –me dices cuando la meto en mi boca y tu barbilla se comba como un cuello ante un huracán.
Despierto de súbito cuando mi garganta se llena de ti: callamos lo que nos devora para olvidarnos por un instante de que estamos condenados a ser desconocidos. Pero cumplimos la única promesa que nos podemos hacer: afuera los días son largos y son días de invierno, nos hemos corrido juntos y hemos visto una película triste de madrugada.
Nunca antes el hotel, este hotel, en realidad cualquier hotel, me había parecido un lugar más desolado. Somos elefantes blancos que van en busca del lugar donde han de morir. Le cantamos a la oscuridad para engañarnos un poco. Por un instante o dos, el hotel ruge en nochebuena y se escuchan petardos y gritos de alegría, como si el año que fuera a terminar en realidad fuera una promesa que necesita no cumplirse para que el deseo permanezca vivo la nochebuena siguiente. El tintineo de los hielos sobre los vasos de cristal, el piano sonando como si Bebo Valdés hubiera poseído los dedos de un pianista desconocido, o el olor a comida casera, como recién hecha, nos hacen sentir menos solos.
Por un momento no me he desvelado, ni he oído ese poema. No te he besado porque nunca has dicho mi nombre cuando entrabas dentro de mí. He conocido a todos los huéspedes, me han llamado por mi nombre y yo les he devuelto el suyo, y he visto la sombra de un fantasma que nunca descansa. He olido sus perfumes y he visto algo muy íntimo en sus copas, como si la huella que dejan sus labios en el cristal fueran la primera página de un libro asombroso que empiezo a leer.
Nos hemos abrazado y nos hemos emborrachado. Hicimos chistes malos, jugamos a cosas sencillas, de esa clase de cosas que cuando te preguntan qué hiciste, no sabrías qué responder, salvo: cielo santo, qué bien lo pasé.
A la sombra del piano vimos amanecer, un cielo tan blanco que parecía una enorme sábana sobre nosotros, o un colmillo de marfil, o nuestras risas, ya nuestras y desgastadas de toda la noche.
Allí afuera tiembla la nieve en la isla y oscurece. Brilla el mar aún calmado que recoge la nieve herida de agua. Abro las páginas de un libro aún amarillento como los dedos de un fumador, y nieva sobre la tinta y abro el paraguas y se hunden mis botas sobre un blanco aún más intenso que la oscuridad.
Leo viejos poemas de Yeats en tu cama. Te exaltabas hablando del lago de la isla Innisfree, y veías una y otra vez esa película de verdes prados donde salía John Wayne y la pelirroja Maureen O’Hara. En noches de frío tus piernas se enredaban a las mías, y tus manos, aún más fuertes que las de un Sansón que nunca fuera traicionado, me agarraban como si nunca fueran a soltarme, como si el amor pudiera medirse con la presión que ejercías sobre mi pecho. Besabas mi espalda y cerrabas los ojos, y yo cerraba los míos, y me dejaba llevar como la lluvia en la cascada de un río.
Te leo un día de diciembre, estás cansado y te sientas. Afuera huele a frío y a cine de Mitchell Leisen. Te gusta esa película donde sale Barbara Stanwick con Fred Macmurray.
- Me gusta su olor a redención y esperanza, y también me gusta el timbre de tu voz – decías como ausente-, suenas tan sereno que contigo parece que nada pueda romperse. No sé por qué te siento tan frágil.
A mí me gusta el olor a invierno que se prende de tu ropa cuando abres la puerta de casa y entras. Dejas la llave sobre la tarima que hay bajo el cartel de Gilda, y besas mi boca con un beso envejecido que huele a tiempo, o a costumbre, tal vez a desgana no reconocida. Horas después te estoy leyendo en la cama. Te gusta que te cuente historias, mi voz templada. Me dices que nunca me dejarás, sostienes mi mano, y mientras me mientes, quedas pronto dormido.
Cierro el libro y dejo una marca en el poema de Yeats que habla de una isla. Aquí nada es verde: todo es blanco y todos somos extraños. Me levanto y a lo lejos veo a uno de los huéspedes. Los vecinos ya no se saludan cuando se encuentran en el rellano, se esquivan, a veces incluso prefieren usar las escaleras por no enfrentarse al extraño del ascensor: ¿por qué iba a ser mejor en un hotel donde todos estamos de paso?
Hace un frío que hiela el tiempo, las cicatrices se abren como las aguas ante Moisés, y mientras regreso suena una de esas canciones que tanto te gustaban: es Billie Holliday, y es que ahora sé que estuve demasiado loco por ti, que fui un tonto por quererte, y hoy beso la nieve, de regreso a una habitación sin mi nombre, como si te volviera a besar.
Estoy tumbado y oigo un piano. Me levanto y abro las ventanas. Aún huelo la lluvia, el olor a pólvora quemada, los rumores de una fiesta. Me gusta el viento que viene del mar y que cruza la isla. Me siento en el borde de una cama deshecha y oigo un piano. Todo es tan suave que el aire huele a algodón dulce. Vuelvo a tumbarme, dibujo con la mente cosas en el techo, y oigo un piano. Me incorporo de nuevo, ya nervioso.
Anoche soñé con la ruta de la seda: marinos mercantes paraban en la isla y bebían ron en tabernas tan perdidas como una mujer herida. Caminaba por su puerto, oliendo a rancia madera de barco con olor a atún o a sardina o a arenque o a sangre de tiburón roto por sus aletas. En la taberna, un tipo que se parecía a Peter Lorre tocaba cosas de Duparc para un público que se divertía con mujeres de paso.
- Alguien me devora por dentro – me dijo alguien en las sombras del puerto, lejos del tipo que se parecía a Peter Lorre.
- ¿Cómo dices?
- Alguien me devora por dentro, eso es lo que he dicho.
- Tal vez debas unirte a la fiesta, en esta isla todo parece dar igual, todo peso ha de convertirse en algo leve, y el tiempo no se inmiscuye en la vida de las personas. Aquí la ciudad no existe.
- Si viviera en la ciudad ya habría muerto, porque lo que me devora aquí puede escucharlo un extraño. La ciudad es otra cosa: nos convierte en invisibles. ¿Por qué crees que vine a esta isla a escuchar el gemido fanfarrón de los corsarios? No me creas ignorante: tantas horas en la mar. Hombres más débiles habrían caído, pero ellos, son hombres rudos que se amaron entre ellos, allí, en la negra negra densidad del denso mar.
- Eso te devora.
- Mi amor está ahí, tan cerca que me hiere saberlo distante.
Anoche soñé con hombres que se besan, en la oscuridad, temblando como lo hacen las estaciones, o las algas que se ondulan junto a la isla, o los farolillos de la última fiesta, o el piano, que tiembla, como un beso al borde de un abismo, o de la orilla de un negro negro mar.
Huelo la lluvia. Está aquí, debajo de mí, rondando bajo la isla en forma de profundo océano, con toda esa sal que la ata la tierra con la fuerza con que el sudor del amante se mezcla con el sudor del amante, y puedo olerla, la lluvia, con su densa bruma saliendo de la tierra que se ahueca a mis pies.
Clara me dijo que era una isla pequeña, pero no que olía tanto a lluvia.
Cuarenta minutos antes me había inscrito en recepción, me habían dado la llave, había entrado y dejado el equipaje junto al armario, sin abrirlo. Había encendido la televisión y había comprobado cuántos canales tenía. La televisión seguía sin interesarme. Abrí la ventana, y olí la lluvia
Bajé a recepción y mientras esperaba para dejar la llave, oí hablar de un fantasma. Sonreí, pensando en aquella película de René Clair en la que Robert Donat hacía un doble papel. El interesante era el del fantasma: un pícaro burlón que de haberlo descrito Fellini, lo habría convertido en un ácido conquistador cuya sexualidad se repartiera entre caracoles y ostras.
Bajé a la zona del mar al otro lado del faro porque era la menos concurrida
Me senté sobre la rugosa piel de una roca: respiré el perfume de la lluvia: me habló de un portal en las afueras, de un beso, de los mares del sur, de café antes de que amaneciera, el olor de las salsas, la gasolina recién echada en el depósito, las palomitas a la entrada del cine, el olor a frío de tu ciudad.
- No te tires – dijo, sobresaltándome-.
- ¿Tirarme?
- Sí, tirarte.
- No soy Maxim de Winter.
- ¿Maxim de Winter?
- Laurence Olivier en Rebeca. Joan Fontaine le ve asomado al abismo en una zona costera de Montecarlo: cree que se va a suicidar. Pero él no tiene la menor intención.
- No te vas a tirar entonces.
- No tenía la intención: tengo vértigo.
- Zoe. Es mi nombre, bueno, ya sabes, todos tenemos uno: ¿y qué hacías?
- Huelo la lluvia.
- Oh.
