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Todavía no puedo controlar muy bien este don, pero me está resultando muy útil en este hotel tan peculiar. Casi nadie se ha dado cuenta de mi presencia, sólo la srta. Monforte, que cada vez que me ve aparecer cerca de recepción me mira como si sospechara de mí. Me pregunto si ya habrá averiguado que pasé una temporada en la cárcel.
Me inquieta la presencia de uno de los inquilinos de este hotel, su cara me resulta demasiado familiar. Me ausentaré una semana para volver a tierra y hacer unas averiguaciones. Para no perder la habitación mientras tanto, le he pagado por adelantado a la srta. Monforte con el dinero que gané en mi última partida de póker, que me he cuidado mucho de ocultar. Fue una partida fantástica, llena de peces gordos. No son gente que sepa perder y sé que me están buscando. Por eso quería escaparme a un pueblo del interior y terminé aquí sin saber muy bien cómo. La srta. Monforte ha revisado el dinero atentamente, no contándolo, sino como si lo estuviera reconociendo. Tiene manos de jugadora de póker.
Los trenes. En la isla no hay ninguno, pero desde que he venido, no dejo de tener pesadillas. En una de ellas el tren en el que voy comienza a ir cada vez más y más rápido hasta elevarse de la tierra y salir volando como si fuera un cometa. En otras, al contrario, voy flotando en las profundidades del mar en una especie de tren-submarino con forma de tiburón.
Creo que la gente de este hotel está un poco loca o son fugitivos. Fugitivas, más bien, debería decir. La srta. Monforte parece tener un imán para las mujeres interesantes. Al registrarme, vi cómo me espiaba una de las huéspedes, no pude verla muy bien, porque yo estaba de espaldas y cuando me di la vuelta había desaparecido sigilosamente. Por lo demás, no me he cruzado a nadie más por aquí y eso que el hotel parece estar lleno. Quizás estoy desarrollando una nueva habilidad para esquivar a la gente. Hasta ahora lo venía intentando, pero nada, no había forma, siempre terminaba dando conversación a cualquiera que me encontrara, desde el panadero hasta el conductor del metro. Llevo dos días sin hablar con nadie y, salvo por las pesadillas, me siento bien. A ver cuánto dura.
La culpa de todo la tiene Renfe. Yo en realidad quería ir a un pueblo del interior, en la montaña, pero resulta que “por causa de un arrollamiento” el tren tuvo que dar la vuelta. Siempre me pregunto por qué la gente se tira al tren. O quizás simplemente es que querían adelantar tiempo y cruzaban las vías sin calcular bien. Mi madre siempre ha tenido este miedo, venga a insistirnos de pequeños “no cruceis las vías del tren”, “mira que el tren viene y no lo ves”, “que el tren está siempre ahí…”; de pequeño en mis pesadillas siempre había un tren fantasma que se me llevaba dentro. El caso es que el tren dio la vuelta, pero no pudo dejarnos en la estación central, porque “por causa de las obras de catenaria de la nueva estación” tuvo que ir retrocediendo hasta que llegó a un pueblo de mar. Ahí nos abandonaron a nuestra suerte, en espera de “un servicio de autobuses alternativo que pondremos a su disposición”. Y ahí estaba yo, con mi mochila y mis cuatro cosas, cuando pasó por delante de mí una chica con boina. No sé por qué me dio por seguirla. No es que tenga esta costumbre, creo que fue por la boina, por el paso decidido… no sé. La chicha cogió un barco a una isla, y yo también, ni siquiera lo pensé. He oído en la radio que “por causa de las obras del tren de alta velocidad” no es probable que el tren vuelva a funcionar en todo el mes y por lo visto todavía siguen esperando que vengan autobuses de otras comunidades a rescatar al resto de viajeros, así que mientras tanto creo que me quedaré aquí.
