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Lo introduzco en la ranura. Espero a que el ordenador lo detecte. Clic. Un archivo de texto. Al empezar a leerlo, la sorpresa. Aunque qué otra cosa podría contener, qué más podría ser digno de guardarse y conservarse en un pequeño dispositivo del tiempo. De modo que la sorpresa no sobreviene tanto por la propia naturaleza del mensaje escrito sino porque ésta es mucho más maravillosa de lo que me podía haber imaginado desde que encontré el disco y elucubré con su contenido. Es una lista minuciosa, perfectamente lógica, una labor escrupulosa y esmerada. Un lenguaje recién inventado que, por supuesto, voy a dedicarme a estudiar desde ahora. Un idioma que seguramente hablaron los primeros niños para convencer a niñas blancas de que debían seguirles si querían aprender a esconderse:
Tunk (yo espero)
Tunka (él espera)
Tunke (ella espera)
Aga tunk (yo esperé)
Das tunke (ella esperará)
Y así, una por una, todas las partículas que indican tiempo, persona y número. Las partículas esenciales. El último refugio cálido antes de olvidar las palabras y convertirnos de nuevo en sabios prehistóricos.
Clara tiene que saber algo de esto.
Después de atender la petición de Roger de azules ojos ácidos me entrego a dos labores esenciales mientras desayuno: ver el mar desde la galería y dejar que la mañana crezca, revuelta o calma, según el viento. Entre la primera vez que (la primera, quizá la única cierta) y quienes somos ahora, cuántos saltos.
Sospecho que con el calor los pájaros de esta playa se deben prender fuego en pleno vuelo pero ya no sé si esto es una idea mía o la leí en alguna parte o era que con el frío las alas se les congelan y caen al suelo convertidos en escarcha, pero de cualquier modo acaban cayendo al suelo en uno u otro caso o quizá somos nosotros quienes nos lanzamos al suelo como las frutas maduras llenas de anhelo.
El disquette está encima de la mesa, lo he traído conmigo desde la habitación, y no puedo reprimir más la curiosidad.
Todo es oblicuo aquí, desde la herida de la luz hasta los pliegues de las sábanas. En la parte de atrás del edificio hay una piscina en sombras cubierta con una lona, y también parece poseer cierta propiedad oblicua o simple física como de estación inclinada.
Observo, incrédula, lo hostil vintage en esta habitación. Mi verdadero destino era Shangai, no huyo de nada ni busco inspiración en lugares apartados. Una serie de inclemencias y cancelaciones de última hora me han hecho acabar aquí. Es una explicación completamente inverosímil, claro, por eso la he elegido. Pero el viaje en barco ha sido agradable. Y la niebla del puerto, todo el camino hasta aquí.
Curioseo. Pero sin ninguna pretensión, fría de desear nada, como recién llegada a una fiesta en la que no conozco a nadie y tardo un rato en encontrar al anfitrión. En uno de los cajones hay un antiguo disquette con una etiqueta: AÑO 95. Le preguntaré a Clara si los ordenadores que he visto en la sala de abajo pueden leer disquettes. Hay fantasmas en este hotel, como en todos los buenos hoteles.
Están llamando a la puerta.
