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llevo días recuperándome.

me pregunto qué corriente diabólica de aire se coló en nuestras cabezas como para dejarnos así, tiradas en un suelo que parecía de tierra, de agua, de puro barro ancestral… la imagen a una velocidad tremenda, se repite noche tras noche:

tienes la piel oscura, y muerdes incisiva con los ojos y la boca.

entre tanto rasgón de piel y rugido violento, aprendimos a lamernos las heridas (y el chocolate).

La última vez que subí a una moto, crucé la frontera a otro país. Creo que esa chica que acaba de llegar, podría comprender de qué le hablo… No sé exactamente qué es. Tal vez la mirada, la actitud, la forma de caminar, o alguna especie de halo invisible que envuelve a los que estamos solos. No lo sé… pero el caso es que de un sólo vistazo, calo a los que son como yo. Los calo como la lluvia, igual.

En fin… que ando distraida…Voy a recoger las tazas del desayuno, y terminar de organizar el almacén. Desde que Zoe no aparece por el bar, no paro quieta un momento. Sé que Clara tiene razón, que estamos en una época de poco movimiento, y que no quiere contratar a nadie porque las cosas no van del todo bien por el Hotel. Y porque, según dice, necesita hablar con Zoe, antes de tomar ninguna decisión al respecto… Yo ya empiezo a estar rota. Todo me hace pensar en ella. El piano, los sonidos del bar, las copas que rompo, los clientes que preguntan dónde está…

Y estoy cansada . Cansada de ojos. Cansada de manos y de pies, de rodillas y de espalda… así que por lo pronto esta tarde cerraré un par de horas. Le prometí a Lucía que subiría a ver algo que dice que es cosa mía. No ha querido decirme nada más. Yo ya he terminado el cuadro de las raíces de Frida, y se lo quiero regalar. Creo que puede quedar bonito, en su habitación de paredes tonos tierra.

No recuerdo nada… ¿He dormido aquí? No sé que hago en la azotea con esta ropa… Este vestido no es mío… He despertado con el timbre agudo de un teléfono. Debía sonar en mis sueños,
porque al abrir los ojos, no estaba por ninguna parte.

Siento la electricidad de una tormenta
en la punta de las pestañas. Se hace de día lentamente. En ésta isla, la luz es húmeda como los besos.

Han dejado de quererme varias veces en mi vida. Zoe lo leería en el fondo de mis ojos
y debió huir asustada… He vuelto a perder los zapatos.

Lucía me regaló un cuaderno ayer por la noche. Dice que tengo que ayudarla a retener.
¿A retener? Qué curioso…

¿Qué demonios pasó después?

Estoy muy confusa, creo que tengo fiebre. Fiebre de luna llena.

Lucía tiene los ojos más grandes de toda la isla.

Una cosa es que no me entere, y otra muy distinta, que no quiera enterarme de nada.

Tenemos el humo como forma de coraza, tenemos la mirada desde el fondo de la barra, tenemos el rojo en la boca, la sonrisa tonta. Registro los movimientos mecánicos de los que beben solos,  tomo fotografías. Retengo.
Llevo meses en la luna. La luna es una isla. Una isla creciente o menguante.

Me caben palabras en las noches frías.
Te estoy esperando.

… y mientras tanto alguien ha muerto. eso crujen las bisagras de las puertas cerradas. Bocas selladas. Secretos con lastre.

Una cosa es que no me entere, y otra muy distinta, que no quiera enterarme de nada.

Hace noches que Zoe no duerme en mi cama.

He perdido un par de camisetas, unos tacones, un sujetador… pero me he ganado a la chica más guapa. Doble o nada. Me lo llevé todo.

Prefiero dormir en su habitación, las mejores vistas las tengo en la cama. A veces despierto con su boca en mi cuello, su aliento a hierbabuena recorriéndome la espalda. Hay madrugadas que me desvelo de un escalofrío. La miro, me mira, estoy a salvo.

Cuéntame lo que guardas, morena, que pienso cubrirte las espaldas cada noche. ¿recuerdas cuando tuvimos miedo pero fuimos las más valientes? las copas que pusimos a los solos, los golpecitos en la puerta de Anaïs, la fiebre que terminó en historia, tu boca…

Yo también estoy preocupada por Clara. Está muy pálida pero no parece enferma. Es otra cosa, como si hubiese perdido el control y al mismo tiempo fuera más poderosa. ¿Qué podemos hacer? ¿Volvemos a rastrear pistas?

pero anda… ahora vuélvete a la cama, niña Zoe, vuélvete conmigo..

Todo iba mal. La vista se me había nublado de tal forma, que no encontraba el camino de vuelta. Y en un par de segundos… plas. Ya no tenía las manos heladas, y tus ojos me esperaban a este lado.

De un tiempo a esta parte, sirvo las mejores copas del país. Todos te miran cuando sonríes. Eres la isla bonita de un mal lunes… Y estás aquí conmigo, dentro de la barra, encendiéndome cigarrillos. Tienes los ojos más vivos y la boca más roja.

Zoe, vamos a cerrar temprano… Que se vayan todos. Robemos una botella de vodka y vayamos a la playa a bailar.

martinaLos días que Zoe estuvo enferma, superé mi terca hipocondría, pero no pude agarrarle las manos.

Le subía la fiebre por las noches, y no paraba de hablar. Eran delirios dulces, de colores. Hablaba de un camino, de zapatos, de algo que pesaba mucho, de manzanas. Pedía agua y yo le daba de beber.

¿Por qué camino hacia adentro si quiero caminar hacia ella?

Una de las noches me pidió que me acercara. Me dijo ‘ven’, pero no me llamó por mi nombre. Me dijo ven, y yo fui. La luna brillaba con fuerza aquella noche, en la que Zoe esperaba besar a otra persona, pero me besó a mí. Ella no recuerda nada y yo aún no tengo muy claro si el delirio fue cosa de su fiebre, o de la mía.

Martina está cansada de ser misterio y quiere ser transparente.

Martina quiere quedarse, contando historias de elefantes y hormigas, en el anfiteatro contigo.

martinaEstuve fuera unos días. Fuera o lejos. Lejos de la isla, o más cerca del mundo, o yo que sé. Reconozco que empezaba a agobiarme este microcosmos cerrado. Las mismas caras, los mismos solos, las copas, las noches… y tanto nudo, tanta historia cruzada, como una red gastada de marinero.

… y que no me vieras nunca, y ese olor a desván de algunos secretos, y el piano, y más copas, y todos los que no dejaron pistas, igual que tú.

Voy a quedarme aquí plantada en la moqueta del pasillo, frente a la puerta de tu habitación, con la boca muy roja y las botas llenas de nieve.

martinaNo todos los septiembres son iguales. Es una obviedad necesaria. Me lo tengo que repetir, igual que repito mi nombre. Martina. Martina. Martina. Mar…

Anoche rompí cuatro vasos en el bar, y todos empezaron a preguntarme si me encontraba bien. Pues claro que no me encuentro bien. Una sólo rompe cuatro vasos los días malos.

Siempre hay gente nueva en el hotel. Cada vez que veo una mujer sola entrar por esa puerta, como Lucía o Mary, me pregunto si llegué aquí para quedarme. No soy muy previsora, la verdad. Soy de esa clase de gente que nunca lleva los zapatos adecuados. Uso sandalias cuando se pone a llover…

y de repente todo es agua y yo soy una isla dentro de otra isla.

martinaNo me quedaban cigarrillos por ninguna parte así que me puse unos vaqueros y bajé al bar.

Las noches libres, cuando puedo sentarme en la barra a tomarme una copa tranquila sin atender a los demás, me siento extraña, lejana. Un poco ajena a todo esto.

Anais, la niña Anais, salió de su escondite. Esa chica echa de menos. Le pesa la melancolía en los ojos. Si pasara por el bar me animaría a contarle el episodio del otro día. Seguro que le hace reír, imaginando como Zoe y yo corrimos como locas por el pasillo.

Ayer pasé por la cocina y Rebeca comentaba algo sobre el regreso de alguien. Se encendía repitiendo su nombre.
Pero no me enteré muy bien entre tanto golpe de cucharas y de ollas. Además, olía tan bien que tuve que cerrar los ojos y las orejas, para no perderme ni un poquito. Me emboban las manos de Rebeca troceando las verduras. Me gusta que cierre los ojos para probar. Y como se lava las manos, meticulosa, como un cirujano.

Está todo muy tranquilo. No está por aquí Clara, que raro. Tampoco ha venido Uxia, y Zoe no habla mucho esta noche. A veces es todo un misterio para mí, pero confío ciegamente en ella. Una se siente en casa cuando eso sucede. Cuando puedes dormir, aunque ladren perros por la noche, o sientas frío en la nuca con algunas miradas.

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