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Lo que me ha costado llegar hasta aquí no se lo deseo a nadie. Tengo hambre, estoy sedienta y mareada. ¿Cómo voy a presentarme en el hotel con esta pinta? Yo, que me jactaba de ser la huésped más elegante… Qué poco me queda de esa pretendida elegancia. Estos meses han sido como años. Años malditos y difíciles.
Lo peor es el cabello; inesperadamente se me está volviendo blanco y el sombrero que he decidido ponerme es como un parche que no arregla nada sino que tal vez hace más evidente mi proceso de… Ni siquiera sé qué es lo que me está pasando.
Me estoy planteando quedarme en algún hueco de la isla y no salir más que para procurarme algo de alimento.
Aunque me matan las ganas de colarme en la habitación de Clara esta misma noche.
Lo dejaré al destino: si sale cruz, lo haré.
Querida Clara:
Es muy probable que cuando recibas esta carta yo esté a punto de cumplir mi condena. Una compañera me dijo que las cartas tardaban unos seis o siete meses en llegar a Europa y en pasar todos los controles.
Por lo tanto, es fácil suponer que todo lo que te escriba habrá sido leído previamente por otros ojos. Es estos momentos, no me importa lo más mínimo.
Te preguntarás el motivo de esta misiva. Y también supongo que habrás pasado mucho tiempo cuestionándote mi abandono del hotel. Tantos interrogantes como mentiras las mías. Lo siento, Clara, créeme que lo siento. A pesar de que todos sabemos cuán poco creíble resulta alguien que pronuncia “créeme que lo siento”.
Nueva York no me trató bien. Me involucré en algo de lo que me fue imposible escapar pero ahora no es momento de darte una explicación de ello. Recuerda: hay ojos intrusos.
Estos meses los he dedicado a redactar una lista de las canciones que han marcado mi vida. Te la adjunto, espero que no te aburras, son cinco folios por ambas caras. Perdona, siempre te dije que pecaba de exhaustiva, ya ves que no te mentía nunca.
Quiero que sepas que tu ausencia es lo que más me ha derrumbado y que lamento el daño –ahora lo sé- que te habrá causado toda esta historia de sangres y días sin salir al sol.
Espero que tu vida sin mí sea más fácil y que tu hotel siga por mucho tiempo tan bello como tu persona.
Elena Trueno
Mi rostro es una gran ojera. Me cuesta salir de día, era algo que siempre había hecho sin levantar sospechas pero ahora siento que me desmayo a los cinco minutos de tocarme el sol.
Clara se está adueñando de toda mi sangre, ya no le basta con lo que le ofrezco, desea siempre más… Mi debilidad se está tornando en su poder. Cada día que pasa la veo más bella.
Tengo la mirada del farero clavada. Cada noche, cada mañana, cada segundo. Sus ojos, el terror. El frío. Tengo las manos frías. Siempre.
Ahora es el momento de regresar a Nueva York, vuelvo a disponer de dinero pero no me quiero separar de Clara. A veces la veo como a una niña pero a veces es como si me quisiera devorar.
Y el miedo a que me descubran es un poco mayor cada día que pasa. Nadie recuerda ya a Alicia Daus, por suerte la carta les resultó verosímil.
No sé si voy a poder soportar este peso.
Necesito fumar, de nuevo, unos cigarrillos… quiero salir de esta habitación… pasear por la isla, como cuando llegué…
Sospecho lo peor aunque no tengo ningún indicio. No deseo huír esta vez, ahora no. Lo he vuelto a echar todo a perder, justo cuando estaba empezando a hacerme un hueco en esta tierra.
Necesito salir, saber qué está pasando y porqué me obsesiona tanto Clara Monforte.
Cada día hago peor cara… cada día que pasa me siento más débil y más hastiada.
Se repetirá la historia: desvanecimientos, dolor de dientes, insomnio por las noches…
Resistí mientras pude pero lo que depara el destino siempre sucede y por mucho que nos empeñemos, es inútil forcejear contra ello.
Alicia Daus lo sabía y por eso se marchó.
Y Clara… ahora Clara lo sabrá, si es que no lo sabe ya.
La sustancia está en su piel, en su cuerpo, en todo su ser. Hicimos el amor y pronuncié la palabra en su cuello sin que se diera cuenta. El deseo y el placer la cegaban, la aturdían. Y yo la sentí al borde del precipicio.
Ella aún no debe de haber abierto la caja que hay en su habitación porque si no sabría quién soy y que mi alma no pertenece a este mundo ni a este tiempo.
Se ha repetido la historia, la nieve sobre la arena de la playa. El indicio.
No debería haber ido a esa fiesta pero Martina y Rebeca se pusieron muy pesadas, no tuve más remedio a pesar de que esta semana me siento bastante triste, no me gusta -cada vez me gusta menos- seguir robando de la caja de Clara. A veces me pregunto si se está haciendo la tonta o es que realmente confía en mí al cien por cien. No lo sé.
La fiesta ya había comenzado cuando llegué. Jamás había visto a tanta gente allí, agolpada detrás de la iglesia. Al principio me sentí algo fuera de lugar por haber llegado tan tarde pero luego recordé la frase que siempre me decía mi madre, cuando yo aún era adolescente: “a las fiestas hay que llegar tarde y marcharse pronto”. Qué lúcida era mi madre.
En realidad, lo único que me atraía de esa fiesta era pensar en la remota posibilidad que tenía de encontrarme frente a Clara Monforte. Era muy difícil puesto que apenas había iluminación y la música era ensordecedora. Un imitador algo hosco, a mi parecer, de Elvis se desgañitaba vivo cantando un rock tras otro. Apenas había transcurrido media hora y ya me planteaba fugarme de aquel lugar.
Entonces caí en la trampa de las autoapuestas. Sí, otra vez esa manía absurda. Me dije: si Clara Monforte aparece de repente frente a ti y se acerca a hablarte, le diré que me gusta, que no puedo dejar de pensar en ella cada mañana y que la invito a ir de viaje, lejos de aquí. Pero si ella no aparece, me liaré con el primer chico guapo que encuentre y que se me ponga a tiro.
Conté mentalmente hasta treinta. Hasta cincuenta. Hasta cien.
Para mi desgracia, Clara no apareció. Estuve el resto de la noche besándome con un rubio que no debía haber cumplido los treinta. Oía el mar de fondo. Y pensaba en ella.
Hubo un momento, un segundo apenas, en que me pareció escuchar la moto de Clara, veloz, como si condujera enfadada. Creo que tuve una especie de alucinación, era imposible que ella estuviera allí y me viera, apenas había gente en aquel rincón.
Esta mañana hubiera dado la vida por aparecer lejos de esta isla. Y por tener dinero.
Lo que ha pasado ha sido muy fuerte.
Volví a coincidir con Clara la noche del viernes, una de esas noches en que parece que todos se confabulan para dejarte a solas con quien más miedo te da. En el fondo sé que ya no es miedo, que ahora es otra cosa diferente pero que aún no sé nombrar.
Las camareras se retiraron tras una jornada de trabajo que no pareció haber sido demasiado cansada, un chico joven al que he visto apenas un par de veces me miró de reojo y también se marchó enseguida… Clara y yo a solas.
Debería haber seguido mi rumbo. Levantarme de la barra, dejar la novela de Ray Loriga que se me ha atragantado y refugiarme en mi cuarto.
Pero no lo hice. Me quedé fija en el taburete. Estática, paralizada, como si todo mi cuerpo fuera un imán que halla su polo opuesto.
A Clara le temblaba el pulso al sacar los billetes de la caja, no sé si es algo normal en ella pero me fijé en ese detalle. No parecía un temblor nervioso sino un temblor emocionado. Ella tampoco parecía tener prisa por irse de allí. Miré la hora y era temprano, apenas pasaban unos minutos de las doce, pero la percepción del tiempo era muy diferente: habría jurado que eran las dos o las tres de la mañana.
No recuerdo demasiado bien de qué hablamos en ese rato, no podría hacer inventario ni de las frases que empleamos ni del tono de voz… Lo único que se me quedó grabado fue el modo de mirar de Clara. Como una lanza, como una pértiga al vuelo, como una cerbatana disparada con los ojos cerrados.
Tal vez ella había bebido demasiado. O quizás yo no bebí lo suficiente.
Y después me encontraba en el cuarto de Clara como quien se ve en medio de un paso de cebra desierto, sin semáforos guía, sin conductores al borde del enfado. Ella era la mujer más bella que había visto jamás. ¿Cómo no me había percatado antes? Olvidé todos mis asuntos sucios, todo mi pasado extraño, mis llamadas de teléfono ocultas, mis pequeños robos… lo enterrré todo bajo un manto invisible pero seguro.
De repente, comprendí que había algo mucho más urgente a lo que atender.
Clara se me deshacía en los brazos. No decía nada, me miraba, se aferraba a mí y yo notaba que en aquel abrazo estaban presentes todas mis fugas y mis mentiras. Doliéndome. Pero en aquel abrazo también estaba su olor, su ropa, su deseo, tal vez.
No sé porqué lo hice pero lo hice. La llevé hasta el cuarto del baño, no me costó apenas, ella era frágil y pequeña. Le quité la ropa con cuidado, como si se fuera a romper, aunque sabía que era seguramente más fuerte que yo, más segura, más valiente.
En aquel momento, cuando estaba desnuda, me quité las gafas de sol. Por primera vez ante ella.
Llené la bañera de agua templada y la ayudé a entrar. Clara no parecía sorprendida y yo tampoco, actuaba como si lo hubiera hecho cientos de veces, como si el cuerpo de Clara me fuera conocido. Le lavé el pelo y la bañé como quien sirve a una diosa pero sin sentirme inferior. Creo que fue una especie de acto de amor.
Más tarde, la sequé y le desenredé el pelo. Ella estaba sentada en la cama y yo la abrazaba por detrás, cubierta con la toalla. Me quedé junto a su cuello, con los labios tan cerca que casi podía tocarla… pero no pude acercarme más. No la besé.
Clara parecía estar en un estado hipnótico, casi dormida. No hablamos en todo el rato, le quité la toalla y la metí en la cama. La arropé bien, para que no tuviera frío, y ella se arrebujó entre las sábanas.
Nos miramos por última vez. Me sonrió y entonces volví a ponerme las gafas de sol, en una especie de acto reflejo que me devolvió por unos instantes a la realidad: estaba en el cuarto de Clara Monforte y no podía demorarme más allí.
Iba a marcharme cuando vi que había sacado una mano y la dirigía hacia mí. No vacilé, me acerqué, le cogí la mano y se la besé. Creo que dejé restos de mi pintalabios en su piel, como el asesino que olvida una colilla en la escena del crimen.
A quién le importa una lluvia de estrellas que se sucede cada año… Las cosas que se repiten mecánicamente, sin riesgo alguno, son las que menos me interesan. Todos los del hotel bajaron a la playa a mirar las estrellas, incluso apagaron las luces de la terrraza para poderlo apreciar mejor. Me escurrí hasta mi cuarto como una sombra, ninguno de los huéspedes se percató de ello. Al meterme en la cama me sentí aliviada pero en el fondo me dio rabia comprobar que nadie me había seguido para preguntarme si me encontraba bien.
Me desvelé. Insomnio y temblor en las manos. No he vuelto a ver a Alicia, creo que se ha marchado y ni siquiera soy capaz de preguntarle a Clara por ella. No fui amable, no me mostré comprensiva y a veces hay que dejar de lado el orgullo y el rencor. Quitarse las gafas de sol por unos instantes y dejar que el sol te duela.
Mi principal defecto es que no soy capaz de dejar que el sol me atraviese los ojos.
He llamado a su puerta pero ella no está. Nadie respira al otro lado. Y justo ahora la necesito, debo ser una idiota ciclotímica para comportarme así. Siento náuseas, estoy empapada en sudor… Y sola, no sé cómo voy a salir de todo este caos.
Apenas me quedan sesenta euros. Eso y mi rostro miserable al recordar de qué manera robé a Alicia.
No puedo soportarlo más, voy a forzar la puerta de su habitación, necesito encontrar algo que me diga dónde está.
Alicia Daus, claro, Alicia Daus. En seguida he reconocido las iniciales… y su rostro. Apenas ha cambiado, aún conserva aquella expresión de desencanto y belleza adolescente. Cuánto dolor, cuántas mentiras y cuántas frases tuve que ocultar para que sus padres no siguieran haciéndome daño. Iré a su encuentro esta noche, no puedo darle largas, al fin y al cabo merece una explicación, una respuesta a mi silencio de todos estos años.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise, que diría Neruda.
Por ahora no deseo pensar más en esto. Lo que me ha pasado hoy me ha descolocado. Le he pedido a Clara que me lleve al pueblo, al banco, para poder sacar dinero y así adelantarle el segundo pago de la estancia. En realidad, le he mentido, he fingido sacar dinero pero lo cierto es que ya lo llevaba en el bolso. De alguna manera tenía que justificar de dónde había sacado el dinero. He tenido suerte, ella no parece sospechar nada.
Nos hemos subido a la moto, no le he dicho que no me gusta ir en moto porque hubiese sido de mala educación, al fin y al cabo me estaba haciendo un favor. De repente, ha acelerado sin motivo alguno, me ha parecido una especie de ostentación de poder. Me he asustado bastante más de lo que esperaba y me he agarrado a ella como a un clavo ardiendo.
No podría explicar lo que he sentido, ha sido todo tan extraño. Su cuerpo tan cerca del mío… como un latigazo breve e intenso. Me he mareado y me he despegado de ella en seguida.
Un segundo después me he dado cuenta de que lo que realmente deseaba era seguir con ella en esa moto y no detenernos jamás.
Es algo que aún no me puedo explicar. No sé si voy a bajar esta noche al bar. Siento vergüenza de volverla a ver.
Ha sido un latigazo.
