I’m back!

anais

To:clara.monforte@gmail.com

De: Anaïs T.

Mi querida Clara:

Soy yo, Anaïs, ¿te acuerdas de mí? Han pasado océanos de tiempo desde la última vez que nos vimos en el Melancoisla. ¿sigues en el Hotel? Me encantaría saber que sí.

¡¡¡Madre mía, cuánto tiempo ha pasado!!! ¡¡¡Y cuántas cosas han sucedido!!!

Quisiera volver por allí una temporada… no sé si me reconocerás… La vida te lleva y te trae como si estuvieras a merced de un encabritado oleaje. Tengo tantas cosas que contarte!!! O quizás no… los ojos cuentan cosas que la boca no sabe expresar….

La soledad, a veces, se transforma en una necesidad física. Es algo que los seres humanos necesitamos para regenerar nuestro mundo interior, no crees???

¿Podrás darme cobijo en tu rincón, Clara? Di que sí, di que sí…. Di que sí….

Despertar

mayordomoHe despertado en la playa, no recuerdo gran cosa. Veo una pareja a lo lejos, les hago señales con los brazos como molino, son buena gente, confiados, la ropa de el es de mi talla.

He visto el cartel en el centro social del pueblo, necesitan personal en el hotel, botones estaría bien, me gusta observar a la gente, se ponerme en su lugar, empatizo fácilmente.

A las doce del mediodía he quedado con Clara, Clara Monforte, también lleva poco en la Isla. En el pueblo he oído algo de una epidemia, con mis lagunas, la nostalgia tiene la batalla perdida.
Nota: A veces lloro o río sin motivo, debo controlar eso.

Ya es mío el puesto, Clara me miraba fijamente a los ojos mientras hablaba, como intentando leer algo ahí dentro, he sonreído todo el tiempo y ni me ha preguntado por mi experiencia anterior en el puesto, lástima había preparado una bonita historia. Me gusta el uniforme. Empiezo el lunes.

Han pasado dos años

He vuelto.clara-monforte

He llegado con el primer Ferry. En el puerto me esperaba Tomás. Me ha llevado en coche hasta la playa del hotel, pero primero me ha dado un abrazo larguísimo y yo me he sentido de nuevo en la isla. Tomás ha puesto un cd de coplas y en la única que nos ha dado tiempo de escuchar la letra decía “por ti moriría una y mil veces más”.

¿Dónde has estado Clara?

Muy lejos, tan lejos que volver era un acto de fe.

Pero estás aquí, ¿vas a reabrir el hotel después de todo lo que ocurrió?

Sí. El pasado pasado está. Este hotel era el sueño de mi tío, Miguel Monforte, y también fue el mío. Mi mala cabeza… Lo pasé fatal con la epidemia de melancoisla, tuve que dejarlo todo de un día para otro. Cerré la puerta, huí con la moto de Brunella Cardini, la chica de la Ducatti… Vimos cuerpos en la carretera, bultos arrastrándose… No podíamos parar. El cielo estaba rojo. No sé… fue horrible. Apenas recuerdo nada más. Y vosotros… ¿estáis todos bien?

A Amanda y a mí apenas nos afectó, somos autóctonos, la melancoisla suele calar en los que venís de fuera. Pero se fueron  muchos amigos, gente a la que extrañamos, al Inglés, por ejemplo, ¿te acuerdas de él? Siento nostalgia. Son los efectos secundarios del brote. Hay mucha soledad, los turistas todavía recuerdan lo que sucedió, son pocos los que se acercan. El virus se extinguió, pero no la leyenda. Vino una periodista hace un tiempo… no recuerdo su nombre, pero jamás la había visto por aquí. Estaba muy interesada en localizarte. Sabía detalles que me asustaron. Me hice el loco.

¿Qué tipo de detalles?


La playa sigue tan hermosa como siempre. Mis pies se hunden en la pinaza acumulada sobre el porche. Abro la puerta principal del hotel. El sol lo inunda todo. Es casi como una visión. El último día pero al revés: el primero. Siguen en el comedor las tazas del desayuno. Salimos todos corriendo, apenas pudimos coger nada. Huele a cerrado.

Voy a cambiarme de ropa. Hay mucho trabajo por hacer.

Nostalgia de intimidad

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Tras semanas enteras de lluvia inclemente, hoy vuelve a brillar el sol y la brisa se lleva los últimos retazos de nubes livianas como velos. El teléfono de la recepción no deja de sonar, el buen tiempo atrae a nuevos huéspedes ávidos de soledad y paisajes agrestes, tan salvajes y solitarios como se sienta uno por dentro.

Estoy sumergida hasta el cuello en el nuevo jacuzzi instalado en una amplia y luminosa terraza frente al mar. Cierro los ojos y siento las burbujas haciéndome cosquillas por el cuerpo. Me siento magullada, cansada, vapuleada. El baño en sí es una delicia a la que es difícil resistirse.

Ojalá las cosquillas me tocaran por dentro y me hicieran vibrar también los huesos.

Ojalá tantas cosas…

Rimas y leyendas

cielo+y+marAnoche me desperté de madrugada. Abrí los ojos, sin más. Y como no podía volver a conciliar el sueño, no se me ocurrió nada mejor que sentarme en la cama, coger mi cuaderno y ponerme a traducir las canciones de Iván al inglés. Me dijo que no importaba si no conseguía rimas, pero los rompecabezas se me dan bien y logré hacer rimar los versos de las estrofas. No sé decir cuánto tiempo invertí, porque lo bueno de la noche es que las horas son todas del mismo color. Pero después de las canciones de Iván, seguí escribiendo. Había estado “escuchando” la voz de Iván tanto rato en aquellas líneas, que me costó demasiado poco “desnudarme” en mis propias palabras. Y las líneas fueron versos, y los versos fueron estrofas. Y las estrofas fueron un pedacito de mi pensamiento insomne. De repente, no sé cómo, una melodía apareció en mi mente. La grabé inmediatamente en mi móvil. Fue tan repentino y la “oí” tan nítida, que estoy convencida de que me la han silbado al oído. Cuando sepa quien ha sido, incluiré su nombre en los créditos.

Yo vengo a ofrecer mi corazón

Ahora empiezan las cosas a cerrarme el ojo. Mira, me había yo fotografiado aquí, ¿sabes? Miraba sólo la erosión del cuerpo, justo en esta banca de madera. Tanto cuerpo así, pero sin nadie. Es curioso darse cuenta que hasta la ausencia deja huellas palpables, y eso, de a poco, va conformando nuestro territorio. Esa nada cicatriza en el mundo como una mancha o como un alud o como un tsunami. ¿Qué tipo de faro podría iluminar este varado?

Lecciones de vértigo

anaisLa gente opta por convertir todo lo sublime en algo banal, lo utilizan para adornar puertas y ventanas, monigotes y muñecos. Yo creo que lo sublime es siempre sublime ocurra las veces que ocurra.

Cosmo es el nuevo farero. No sé cómo ha logrado ese puesto de trabajo, porque ni tiene conocimientos ni lo necesita. Es inquietante. Aun hace vibrar mis sueños con fuerza hasta que siento el “kick” y me despierto. Le he visto en mi duermevela. En cierta ocasión soñé que hacíamos el amor delante de un espejo. Estábamos enfrentados a él. Sus manos sujetaban las mías sobre mi vientre. Parecían dos mariposas encadenadas a un collar de pálidos huesos. El espejo devuelve la imagen de dos siluetas vacías. La luz que se refleja en la superficie de cristal atraviesa las figuras. Es difícil reconocer lo que no tiene esencia. A veces para quedarse desnudo uno debe arrancarse la piel.

Las palabras no pueden ir más lejos que los sentimientos.

Ingravidez

Mi habitación tiene la terraza encarada a levante. Y esta noche he dormido con la ventana abierta y sin echar las cortinas. Me dormí con el sonido de las olas que rompen al fondo del acantilado. Y me he despertado con las primeras luces del día. Había quedado con Iván. Nos íbamos a desayunar al chiringuito de un amigo suyo, situado en una cala escondida de esta Costa Atormentada, que también tiene un bar en el pueblo que llevan sus padres. El chiringuito parece un personaje más de la cala: el amigo de Iván se pasa el día sentado en una silla, leyendo. La gente que se acerca a buscar un refresco, o una bolsa de patatas, pasa detrás de la barra, abre la nevera y lo coge. Y paga. Y si las existencias bajan, avisan y el amigo de Iván se da por avisado. Nunca ha descuadrado la caja. Y nunca ha faltado nada de lo que han avisado los clientes-camareros. Sólo se levanta a preparar cafés, porque la cafetera sólo la toca él.

Iván me ha enseñado las siete canciones que lleva escritas. Me ha pedido que traduzca dos de ellas al inglés, para enviarlas a una discográfica sueca que ha contactado con su banda.

Después de desayunar, nos hemos tumbado al sol. Hemos leído, hemos charlado, nos hemos reído. Luego nos hemos tumbado a la sombra hasta la hora de comer. Nos hemos ido al bar de los padres de su amigo, a comer. Y luego me ha llevado a dar una vuelta por la isla hasta otra cala, donde hemos pasado la tarde. Me ha dicho que me quedara a cenar en su casa, que improvisaría con lo que hubiera en la nevera. Durante la cena he viajado por medio mundo, escuchando las anécdotas de sus viajes. Y hemos salido al jardín, a tumbarnos en las tumbonas, a mirar el cielo de noche, y a tomarnos unas cervezas. Las cosas que nos contábamos nos hacían reir con las risas más ligeras del día. Temí por un momento que, si seguía bebiendo, la ingravidez en la que parecía sumirme haría que la menor brisa se me llevara flotando. Se lo dije a Iván y me respondió que a su inspiración le debió suceder algo parecido y que le escondería el alcohol y hablaría muy seriamente con ella. Me hizo reir otra vez. Sentí lo que he sentido muy pocas veces: que encajaba en ese momento y en ese lugar. Como la incógnita que resuelve una ecuación.

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